Web de Enrique Bravo
Sid Vicious no sabía tocar el bajo
Inicio » Blog » Sid Vicious no sabía tocar el bajo

Sid Vicious no sabía tocar el bajo

Soy de los que piensan que el hábito no hace al monje. Hay quien opina lo contrario.

Abro el lavavajillas, enjuago y escurro los vasos, colocándolos juntos y bocabajo para que el jabón penetre mejor. Al pulsar el botón, comienza un nuevo ciclo, una iteración interminable. La lista de Spotify llega a su fin, así que cojo el portátil y elijo mi selección de éxitos de punk. Los Ramones comienzan a sonar, la gente empieza a saltar, como despertando de un letargo. El golpeteo rítmico de la guitarra bajo es lo único que escucho, como si tuviera un filtro en el oído. Siempre es así.

Apoyo los codos en la barra. Vaya peñazo de noche. Se está acabando el hielo; más vale que Asun haya comprado. Busco en el congelador, pero se ha vuelto a olvidar. Por suerte, el local está medio vacío: cuatro gatos mal contados. Lavo la bayeta mientras mi mirada se pierde en el vacío. Miro la muñeca: ya son las doce. El tío ese debe de estar al caer. Es como un puñetero reloj suizo, no falla, no se retrasa ni un minuto. Es viernes, medianoche, y aquí está otra vez.

Hoy le acompaña otro monumento. No baja el nivel, no. Cabello ondulado y rubio, vestido ceñido que parece ir a reventar por dos sitios estratégicos. Él va como suele, para qué cambiar lo que tan bien funciona. El pelo engominado hacia atrás, las Ray-Ban en la escotadura de la camisa de seda, los vaqueros de pitillo, los zapatos… ¿de gamuza azul? No, unas deportivas de vestir. Elvis ya pasó de moda.

Repaso los vasos con el trapo de paño. Quito las marcas de pintalabios. Rojo pasión, el color del amor en un tugurio como el de mi hermana. Mira que se lo dije: «No te metas en la noche, Asun, no te metas que la noche es oscura y alberga horrores». Creo que lo saqué de «Juego de Tronos». No me acuerdo. Pero yo llevo razón: ella ya no es la que era desde que abrió el negocio. Aunque, pensándolo en frío, a saber qué habría sido de mí si no fuera por este sitio.

Y es que padezco un trastorno. Uno de conducta. Timidez patológica, así lo llamó el psicólogo. Aguanté un par de sesiones. No me gusta tirar el dinero. El loquero ese se sentaba allí, me miraba, escribía en su cuaderno, me volvía a mirar… y me juzgaba. Estoy seguro. «Valiente pringado», eso es lo que leía en sus ojos de zorro. Qué sabrán los psicólogos de la vida. Me aconsejó seguir dejando mi currículum por ahí hasta ser capaz de completar una entrevista sin salir huyendo o tartamudear al pronunciar mi nombre. Enfrentar mis miedos, dijo. Pero es duro. Quien lo ha sufrido lo sabe bien.

Mi desconocido amigo ya está sentado en su rincón. Deja las gafas y el paquete de tabaco sobre la mesita, consulta el móvil y se echa a reír. Luego la agarra por la cintura y la besa. Una mano en la nuca y la otra mucho más abajo. Un profesional en esto. Se regodea un rato más y se levanta. Viene hacia aquí. Debajo de la camisa no se le adivinan músculos. Seguro que es un cuerpo escombro. No hay quien entienda a las mujeres, te lo juro.

—¿Qué va a ser? —pregunto antes de que se siente en el taburete—. ¿Lo de siempre?

Se lleva dos dedos a la sien. El payaso este se cree militar. Y polaco.

—Por supuesto —dice lentamente, masticando cada sílaba.

—¿Qué marca? ¿La de la semana pasada?

—Esta no es tan delicadita. ¿Tienes VAT69?

—Algo me queda. ¿Con hielo?

—La duda ofende.

Saco los dos últimos cubitos válidos. El resto está hecho trizas. Para una granizada igual sirven. Mientras vierto el líquido dorado, el tío se vuelve y lanza un beso al aire y un guiño. En la penumbra me parece verla sonreír. Qué asco de vida. Me sube la bilis hasta la garganta. Será pamplinas… Me paga con un billete de cien, para variar. Intento calcular la vuelta, pero no puedo. No me concentro. ¿Qué tiene este cantamañanas para ligarse a una chica distinta cada viernes? ¿Cómo lo hace? Estoy plantado frente a la caja. La cabeza no me da para más.

—¿Algún problema? —me pregunta.

Pues sí, hay un problema. Empiezo a cabrearme. Trato de contar hasta diez. Imagino la cara de Asun si me ponen una hoja de reclamaciones. Tengo que dominarme.

—Oye, tío…

—Qué tío ni qué leches. —Tarde. Esto ya no hay quien lo pare.

—¿Cómo dices? ¿Qué te pasa? ¿No tienes cambio o qué?

—Pues no, no tengo. Todos los puñeteros viernes me pagas con un billete de cien euros. Joder, esto no es un banco.

Termino de hablar y espero lo peor. Su reacción será temible. Un tío así, con esa confianza, con esa aura de masculinidad, no puede dejar pasar tal afrenta. Casi me preparo para que me suelte un grito si es que no me suelta algo peor.

—Lo siento mucho, tienes razón.

Espera un momento… ¿Acaba de disculparse?

—Sé que no es excusa, pero es que mi jefe me paga siempre en billetes grandes.

¿Eres camello? No, no le voy a preguntar eso.

—Y todos los viernes echo gasolina antes de venir, lo que pasa es que me da corte cambiar en la gasolinera. El dependiente tiene una mala jeta… Tú, en cambio, pareces buena persona. Perdóname, por favor.

En mi cara de buena persona se tiene que leer mi estupefacción a la fuerza. No acierto a decir nada.

—Sé por qué me estás mirando así. ¿Pensabas que te iba a dar dos hostias?

—No, hombre… Bueno… No sé, hace tiempo que vienes por aquí y creía que eras… de otra manera.

Caigo en la cuenta de que nunca se ha presentado. Que no lo haya hecho yo es lo normal, dadas mis limitaciones. Lo que no entiendo es lo suyo.

—¿De otra manera?

—Ya sabes… Apareces con un pedazo de chica cada semana, me pides dos whiskies solos, me lanzas un billetazo, te das el lote con ella y vuelta a empezar.

—¿Y eso me convierte en un macho alfa? ¿Es lo que intentas decirme?

Asiento. Se me ha quedado cara de bobo. No me esperaba esto.

—Te estás equivocando. En mi día a día soy bastante cortado. Con las mujeres es diferente.

—Eso no es posible —afirmo. Vamos, que no puede ser. Que le vaya con milongas a otro.

—Claro que lo es. El secreto está en aparentar. Tú has creído que soy el clásico ligón por mi forma de vestir, de andar y de expresarme. Ella también —añade girándose hacia su mesa.

—¿Quieres decir que todo es fachada?

—Yo prefiero llamarlo actuación. Suena más artístico. Me lo tomo como un juego. Uno que, con el tiempo, cualquiera puede llegar a dominar. Tú mismo, si quisieras.

—No, no, lo mío es distinto. No puedo acercarme a una chica sin balbucear como un idiota.

—Es cuestión de práctica, hazme caso.

Vuelvo a quedarme en pausa. Es que no me lo creo. El tipo me está diciendo que finge ser Barney Stinson cuando en su interior es… yo.

—Pero, vamos, que esto es solo un entretenimiento pasajero. Me he creado un personaje y lo estoy explotando. Todas esas chicas solo buscan diversión. Se la proporciono y a otra cosa.

—¿Y es lo mismo que quieres tú?

—Hay que experimentar, hombre. Si quisiera algo más serio no vendría disfrazado a un antro como este —dice mirando en derredor—. Con perdón.

—No te preocupes. Antro es una buena forma de definirlo.

—Todo esto es una representación, un rollo de una noche con una chica que mañana se habrá olvidado de que existo… Y si eso es lo que persigues, tendrás que parecer lo que no eres. Con esa cara de no haber roto un plato te auguro poco éxito.

Sigo ensimismado mientras en la lista de reproducción salta la siguiente canción. Son los Pistols, salvando a la Reina. Mi nuevo amigo señala los altavoces.

—Fíjate en Sid Vicious —me dice—. Mucha gente ignora que no sabía tocar el bajo.

Me carcajeo en su cara. Al final va a resultar que es un trolero.

—No te rías. Es la verdad. Lo metieron en el grupo por su imagen, por la rebeldía que transmitía con su vestimenta y su comportamiento. Pero en realidad no tenía ni pajolera idea de música.

—Anda ya. ¿No lo estás escuchando? El sonido es bien potente, se oye incluso por encima de la guitarra.

—Ese no es él. Era tan malo que en los directos le bajaban el volumen a su amplificador y en el estudio de grabación hacían el paripé de tocar con él para luego doblar la línea de bajo con otro músico. Uno de verdad, quiero decir.

—Pero ¿cómo es posible?

—Ilusión. Si uno aparece vestido de macarra y sube a un escenario con un bajo colgado al hombro y acompañado de los Sex Pistols… ¡será que es bajista! Y lo es porque lo parece.

La chica le reclama. Levanta el brazo y hace señas de estar ahogándose, de necesitar saciar su sed de líquido y presiento que de algo más. Él levanta el pulgar.

—Piénsalo. Sabes que es cierto —dice antes de irse.

Lo observo marchar hacia la tierra prometida, la que está vedada a los tipos como yo. Me ha noqueado con su argumento. Johnny Rotten sigue cantando con su voz aguardentosa y yo sigo disfrutando del bajo de Sid. O de quien quiera que sea. Quizás pueda conseguir un doble que acuda por mí a las entrevistas de trabajo. Lo de ligar va a estar más complicado. Paso a paso. Habrá que empezar por comprarse un traje. Uno legendario.

No he vuelto a ver a mi maestro. Nunca llegué a saber su nombre. A la semana siguiente me matriculé en la Escuela de Artes Escénicas y fue Asun quien le puso el whisky. Un Macallan, según me dijo. Supongo que la chica de turno sería más delicadita.

Imagen de cabecera de tookapic en Pixabay

¿TE HA GUSTADO?

Suscríbete al blog y te avisaré cada vez que añada contenido nuevo. Además, te enviaré un enlace para que puedas leer «La rosa entre la lluvia» gratis en Kindle o EPUB

¡No hago spam! Lee la política de privacidad para obtener más información.

Autor
Enrique Bravo
Deja un comentario

4 comentarios

Enrique Bravo

Enfermero de Urgencias que escribe de vez en cuando