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Amanda

La línea que separa el amor incondicional de la absoluta locura puede ser a veces muy delgada.

En las noches en que la quietud sosiega mi cautiverio, cuando los que comparten mi infortunio ya duermen, aún me parece escuchar el sonido de la vida abandonando su cuerpo.

No sé por qué la mayoría de la gente tiende a pensar que ha de ser especial de alguna forma. Por norma general la existencia de todos y cada uno de nosotros poco tiene de excepcional más allá de determinados momentos. Yo era una pieza más de un engranaje gris que me conducía con precisión monótona hacia el abismo hasta que Amanda llegó a mi vida y la puso patas arriba en todos los sentidos posibles.

La conocí por internet, gracias a que decidí no tener en cuenta la opinión de Alfred, mi estirado compañero de piso, que me insistía en que había otras maneras más elegantes de conducirse en el amor. Claro que, cómo iba él a entender mi desesperación, si nutría su cama con una chica distinta cada viernes por la noche, volvía a restregármela por la cara el sábado y la despachaba el domingo por la mañana con una palmadita en el culo.

Pero todo cambió con la llegada de Amanda. Algunas cosas que hasta entonces me venían pareciendo inertes y carentes de todo interés se imbuyeron de color y vivacidad. Mi trabajo repetitivo y adormecedor se convirtió de pronto en una oportunidad para dar lo mejor de mí mismo, para ser el primero y el más dispuesto, para hacerla sentir orgullosa de mí. Todo cuanto hacía, cada tarea en la que participaba y cada proyecto que lideraba lo llevaba a cabo pensando en ella, como si pudiera verme a cada instante, y eso me llevaba a buscar la excelencia para poder contentarla. Yo parecía no existir si Amanda no estaba mirando; era su prisionero, hasta el punto de que mi mente siempre estaba con ella y ambos compartíamos el interior de mi cabeza.

El cretino de mi jefe jamás hubiera imaginado, ni en el más húmedo de sus tristes sueños, que yo fuese capaz de llevar a la empresa hasta donde la había llevado en los escasos seis meses transcurridos desde que empecé a compartir mi vida con Amanda. Se multiplicaron los contratos de la noche a la mañana, en cuanto me despojé de la tristeza que pintaba de oscuro todas mis conversaciones y me convertí en el comercial ideal: dicharachero, directo, formal cuando lo requería el cliente, resolutivo en el mirar por nuestros intereses sin que la otra parte lo advirtiera. Y todo gracias a ella, todo lo hacía por ella y para ella, con sus ojos fijos en mí a todas horas o así lo creía mi mente entregada al más puro amor que jamás había existido.

Hasta la noche trágica en que perdí los estribos y nuestros caminos se separaron para siempre.

Todo comenzó a torcerse cuando venció la timidez de los primeros días. Al principio no era de mucho hablar, pero a quién le importaba. Durante la primera semana nos dimos el uno al otro con fruición; yo estaba tan necesitado que prácticamente no quedaba tiempo para la charla. De todas formas, cuando la tenía delante me resultaba del todo imposible concentrarme en otra cosa que no tuviera que ver con la perfección: la inigualable circunferencia de sus senos, la carnosa rotundidad de sus labios, el liso sublime de sus muslos. Demonios, me volvía loco. Amanda sabía cómo complacer a un hombre. Dominaba las técnicas y controlaba los tiempos con tal precisión que jamás quedamos insatisfechos el uno del otro.

Pero tuvo que empeñarse en hablar.

Esa noche, esa maldita noche, volvió a surgir el tema que me sacaba de quicio:

—Ha estado bien, cariño. Cada vez nos compenetramos mejor.

«También a mí me ha gustado».

—Me encanta que digas eso.

«Es la verdad. Nunca he sentido algo así por nadie».

—Yo tampoco.

«Pero, amor… Aunque soy muy feliz a tu lado, siento que algo me falta».

—¿Y qué es, vida mía?

«¿Cuándo me vas a presentar a tu madre? ¿Y a tus amigos? No conozco a nadie más que al pesado de Alfred».

—¿Ya vamos a empezar? Lo hemos hablado mil veces.

«No es cierto. Solo hablas tú. No me entiendes».

—Por supuesto que te entiendo, Amanda. Pero ya te he dicho que no estoy preparado para dar ese paso. Lo que me pides es, simplemente, demasiado en este momento.

«Lo que pasa es que te avergüenzas de mí. ¡Admítelo de una vez!».

—No digas tonterías. Nadie en su sano juicio sentiría vergüenza de que lo vieran con alguien como tú. Si eres una diosa…

«No te creo, lo dices para que me calle. ¡Llévame a ver a tu madre!».

—Amanda, por favor, sé razonable.

«Cuando estabas con Marisa no tardaste ni una semana en presentársela a todos. Entonces no necesitabas estar preparado, mira tú por dónde».

—Eso es distinto, ella era…

«Ya no aguanto más. Esto se acabó».

—Pero, mi amor, espera un poco…

«¡Cállate! ¡Y no me toques! Si tú me desprecias a mí yo haré lo mismo contigo». 

—No, no me hagas esto, te lo suplico.

«¡Que me sueltes! ¡Que no me toques! ¡Socorro!».

Tenía que hacerla callar. Su voz era un cuchillo que se me clavaba en la cabeza, que me atravesaba de lado a lado. Necesitaba silencio, nunca lo había necesitado tanto. Llevé las manos hasta su boca, pero seguía parloteando sin cesar. «¡Suéltame! No me amas, nunca me has amado». Ya no aguantaba más. Mis dedos se tornaron fuertes como el acero hasta hundirse en su cara y casi sin darme cuenta le desgarré el labio. ¡Pam! Asustado, la arrojé lejos de mí, empujándola contra el escritorio. ¡Pam! Un golpe desafortunado y Amanda no volvió a hablar. Se retorció sobre la mesa durante unos segundos y luego quedó inmóvil, con la cabeza colgando a un lado y ese espantoso siseo saliendo de su boca inerte.

El ruido debió alertar a Alfred. Mi compañero entró en la habitación abriendo la puerta con gran estrépito, pero enseguida quedó petrificado por lo que veía.

—Pero ¿qué has hecho? ¡La has destrozado, hijo de puta!

—Soy un monstruo, Alfred. Como siempre sospeché. Finalmente se ha demostrado. ¡Soy un monstruo! —repetía entre sollozos, de rodillas ante lo que quedaba del amor de mi vida—. ¡Amanda! ¡Lo siento tanto, Amanda!

Permanecí en el suelo junto a ella, sin valor para contemplar su cara desfigurada y su cuerpo mustio y arrugado, con la vista fija en el ordenador de mi despacho, que me desafiaba en silencio. Alfred se percató de lo que tramaba.

—No estarás pensando en…

Me levanté para dejarme caer sobre la silla de oficina, recompuesto y con un brillo en los ojos que mi compañero de piso debió juzgar como locura. Vi de refilón cómo sacaba el móvil del bolsillo y empezaba a teclear.

—Estoy seguro de haber guardado la página entre mis favoritos —le dije.

Con dos clics bastaron. El anuncio centelleó ante mí como la primera vez que lo vi:

«Amanda. No es una mujer de verdad… ¡es mejor! Tan real que solo le falta hablar. Nuevo modelo disponible, más resistente y con hinchado automático».

—Tal vez esté en garantía.

Comencé a reírme como un maníaco, cada vez más y más alto hasta percibir el horror en los ojos de Alfred. Me acerqué al espejo del comedor y me golpeé la cabeza contra mi reflejo, una, dos, tres veces… más fuerte con cada acometida, mientras gritaba: «¡Amanda! ¡Vuelve, Amanda!». Y no recuerdo más. Me desvanecí con una última imagen en mi retina: la de Alfred sosteniendo el móvil y dando indicaciones para llegar a nuestro apartamento.

En las noches en que el silencio se apiada de mi alma enjaulada, cuando callan al fin mis demonios, todavía creo oír el sonido del aire que se escapa de su cuerpo y se lleva para siempre mi cordura.

Imagen de cabecera de StockSnap en Pixabay.

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Autor
Enrique Bravo
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Enrique Bravo

Enfermero de Urgencias que escribe de vez en cuando