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La sonrisa del muerto
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La sonrisa del muerto

Relato con el que participo en la XXXVIII edición de «El tintero de oro», que toma como inspiración la obra «Matar un ruiseñor», de Harper Lee, como punto de partida para contar una historia sobre una injusticia social.

Hicimos cuanto pudimos. Cualquiera de los presentes puede dar fe. La vida de aquel hombre de tez morena, complexión esquelética y barba de náufrago se nos escurrió entre los dedos, entre ampollas rotas y algoritmos de reanimación. Lo dimos todo y no fue suficiente. A veces sucede.

Como cada vez que perdía un paciente, me retiré a mi particular rincón de pensar, un sofá entre la máquina de café y el televisor apagado. No había tenido tiempo ni de cerrar los ojos cuando una de las enfermeras irrumpió en el despacho médico:

—Fernando, tienes que ver esto.

La curiosidad pudo con la necesidad de descansar y ordenar mis ideas. La seguí hasta la consulta. El equipo se afanaba en adecentar el cadáver y había tarea para rato. Aquel paciente era un vagabundo. Un impreso del albergue municipal y un pasaporte gastado era cuanto contenía su bolsa. Fidel Salazar, cuarenta y un envejecidos años. Un conjunto de huesos tan marcados bajo la piel que podía servir como improvisada clase de anatomía. Cubría su cabeza un gorro de lana extemporáneo del cual partían greñas canosas que se entrelazaban hasta el comienzo de su espalda. La ropa estaba descolorida y deshecha por tantos sitios que casi no quedaba un pedazo entero. Los zapatos, unos botines negros que un día fueron blancos, descosidos por el empeine. En el aire flotaba un olor a rancio que nos torcía el gesto, por más que las mascarillas aliviaran un poco el efluvio de humanidad de aquel cuerpo inerte.

La enfermera sostenía con dos dedos el botín derecho mientras un celador, con la cara descompuesta, me acercaba un cilindro de papeles sujetos por una goma elástica. Tan pronto lo tuve entre los guantes pude identificar lo que era: un fajo de billetes de cincuenta euros.

—Es el sexto que encontramos —dijo la enfermera—. Debe haber unos tres mil euros.

—Pero ¿cómo? —pregunté, preso de la intriga.

—Dentro del gorro escondía dos; otros dos en los bolsillos de la chaqueta o lo que quedaba de ella; y este, al igual que el que te acabo de dar, estaba dentro de los calcetines, rodeando el dedo gordo del pie.

¿Cómo era posible? El cuerpo de un hombre que a todas luces no tenía nada ocultaba entre sus recovecos una pequeña fortuna. Los bolsillos de los vaqueros revelaron cuatro fajos más que contenían billetes de mayor valor. Cinco mil euros en total.

Me costó dormir aquella noche. No encontraba sentido a lo que había presenciado en la consulta. Decidí no dar parte a la policía y reunirme con la asistenta social del hospital para tratar de averiguar algo más sobre aquel desconocido, pero lo único que sabía de él era que dormía en el albergue municipal.

Me pasé por allí a la hora en que solían reunirse en la puerta los buscadores de abrigo con la esperanza de que alguno me permitiera ahondar en la historia de aquel pobre desgraciado. La fortuna me sonrió. Me dijeron que había trabajado en un bar del barrio. Que allí solían maltratar a sus empleados extranjeros y jactarse de ello. Que su jefe era un conocido explotador que exprimía a sus trabajadores hasta despedirlos si caían enfermos. Que Fidel había sido su tercera víctima. Y la sangre me empezó a hervir.

El despido lo destrozó. Ya no levantó cabeza. Con el trabajo se fue el dinero, con el dinero se marchó la vida. Su mujer regresó a Ecuador, llevándose a los niños. El banco se quedó con su piso, y el alcohol con su cordura y sus escasas oportunidades de remontar el vuelo.

Fidel no se hundió cuando su jefe le entregó el finiquito. Mantuvo la compostura. Quienes le conocían hablaban de un hombre de principios recios. Un caballero. Antes de marcharse retó a su jefe: «Juro que le devolveré cada uno de estos malditos billetes». Eso aseguran que dijo. Lo contaba orgulloso y altanero, entre trago y trago, dicen que con un destello de rabia en los ojos. Se negó a gastar un céntimo de su indemnización. Mantuvo a raya a cuantos intentaron robársela.

Pero sus palabras se ahogaron en un lago de desesperanza y vino de brik. Mataba las horas tumbado en un banco del parque y sobrevivía a las noches en el albergue, relatando su historia una y otra vez a sus compañeros de infortunio. Cuentan que pasó un día por la oficina de empleo. Allí no había nada para él. Jamás volvió.

No me costó demasiado averiguar el nombre del bar. Me planté allí por la mañana. Reconozco que no me lo pensé. Si hay algo capaz de remover mis entrañas es la injusticia. Pregunté por el dueño. Descargué sobre la barra cada fajo de billetes, uno tras otro, mientras me miraba incrédulo. El último lo acompañé de mi sentencia:

—De parte de Fidel, tal y como prometió. Nos veremos en el juzgado.

Ahora me dirijo al velatorio, pagado de mi bolsillo. Solo una corona de flores, solo una leyenda farisea: «Bar Santi no te olvida». No se imagina cuánto empeño voy a poner en que se cumpla. Mis pasos resuenan al entrar en la sala vacía. Descorro la cortina para ver a Fidel. El traje le queda mejor que a mí.

¿Han visto alguna vez sonreír a un muerto? Me consuela pensar que yo sí.

Imagen de cabecera de José Manuel de Laá en Pixabay.

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Autor
Enrique Bravo
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Enrique Bravo

Enfermero de Urgencias que escribe de vez en cuando