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Cien días

Hay políticos que darían su mano derecha (o la izquierda, o el brazo entero) por ocupar un puesto de responsabilidad dentro de su partido. Pero Charlie no es de esos… o eso creía él.

Las imágenes que proyectaba su televisor de sesenta y cinco pulgadas con todos los adelantos posibles no dejaban lugar a dudas. El ondear de las banderas, las proclamas y los saludos desde el balcón indicaban que habían ganado las elecciones. Los suyos, los que siempre lo fueron. Su lealtad para con el partido al fin había obtenido recompensa. Una sonrisa triunfal adornó su cara mientras imaginaba la mueca en la de Fernando, su vecino de barra de bar, don «jamás conseguiréis nada tú y tu panda de chorizos». Pues ya estaba, ya lo habían conseguido. La fidelidad a unas ideas que interiorizó como suyas desde que tuvo uso de razón, y por las que llevaba a gala no haber cedido jamás ni sucumbido a la vertiente contraria, por más que esta ganara adeptos y conquistara alcaldías, una tras otra. Él era íntegro en cuerpo y alma, de conducta intachable e inamovible en su proceder. No había nacido nadie capaz de hacerle actuar en contra de sus convicciones y ahora había llegado la hora de cobrar el premio a su paciencia.

Esa noche se fue a dormir con un cosquilleo en el estómago. Sabía, es más, estaba seguro, de que la llamada llegaría. No pasaba el reloj de las ocho de la mañana cuando dio un respingo para contestar al móvil, con la sintonía del himno del partido resonando con la majestuosidad de las grandes ocasiones, y el inquietante rótulo de «número oculto» en pantalla.

—Aquí Charlie. ¿Quién es?

—Almansa, ¿eres tú?

—Sí, soy Carlos Almansa.

—Un placer saludarte. Soy Ramiro, del comité. Nos conocimos el año pasado en el congreso de Sevilla. ¿Lo recuerdas?

Alzó las cejas con la decepción asomando a sus ojos. Mala señal.

—Por supuesto, Ramiro. Encantado de oír tu voz. ¿A qué se debe…?

—Te llamo de parte del aparato del partido —le interrumpió con brusquedad—. Han pensado en ti para ocupar un puesto en la Fundación.

Sus malos presagios se habían cumplido. Ramiro era un mindundi, un cero a la izquierda en el organigrama del partido, y que fuera él quien le llamara no podía traer nada bueno. «La Fundación». Ese ente que mantenía a raya la presión fiscal a base de actos carentes de un mínimo sentido y mucha pomposidad a su alrededor. La nada ideológica, justo lo contrario de lo que deseaba. Porque Charlie ansiaba ser parte de algo grande, contribuir a la transformación que estaba por llegar, ayudar a que la cordura imperase en una sociedad enferma de capitalismo salvaje cuyos tentáculos se alargaban ya a todas partes hasta alcanzar incluso a su pequeño pueblo de la Sierra Norte.

—La… la Fundación —tartamudeó.

—Sí. La que tiene sede en Sevilla capital. Quieren que ocupes el puesto de Martín, ahora que va a haber mucho más trabajo. Ya sabes que no es el mismo desde lo de su mujer.

—Claro.

—Es un gran honor, Charlie. Y una responsabilidad.

Ramiro había detectado su escaso entusiasmo y parecía empezar a dorarle la píldora. Tenía que decidir rápido, con esta clase de gente no se podía dudar o enseguida pasaban al siguiente de la lista.

—Lo sé. Y la acepto con agrado.

—No esperaba menos. Pues no se hable más. Te dejo, aún tengo que hacer otras cien llamadas o así. Preséntate mañana en Sevilla a eso de las nueve.

—Allí estaré.

—Y, Charlie… no nos falles. Nos jugamos mucho.

—Descuida.


Lupe se ajustó las gafas con el dedo índice y lo miró con una leve sonrisa. Se la acababan de presentar como su inmediato superior, o superiora, pues el partido cuidaba con esmero las expresiones para hacerlas todo los incluyentes que cabía esperar.

—Cien días —le estaba diciendo. Arrastraba las eses por culpa de la ortodoncia transparente que llevaba—. Es todo cuanto necesitan los votantes para auparte a la gloria o hundirte en la miseria.

Charlie asintió mientras se quitaba la chaqueta para colocarla en el respaldo de su incómoda silla. Le habían asignado la antigua mesa de Martín, un hombre espartano que debía haber nacido para ser monje de clausura a tenor de la sencillez de su mobiliario. Melamina sin barnizar y un asiento más duro que una piedra.

—De modo que ya sabes. Estos primeros tres meses tienes que estar a tope, Carlos. No podemos faltar a la confianza que han depositado los votantes en nosotros. ¡Dale caña!

Se preguntó a qué venía tanta soflama. En su ridículo rincón, con su ridícula mesa y su ridícula silla, iba a encargarse de coordinar algún que otro evento cultural y poco más. Estaba tan alejado de donde se cocían las papas que realmente iba a dar igual el entusiasmo con el que se empleara. Pero a Lupe, como a Ramiro, no parecía importarle ese pequeño detalle.

—Si me necesitas, estaré al otro lado de esa puerta —dijo Lupe, señalando la entrada de su despacho, a unos pocos metros de su cubículo, por la que desapareció en cuestión de segundos dejando un perturbador aroma a canela en el aire.

Charlie decidió apartar de su cabeza la desidia que le invadía y ponerse a trabajar. «Todo es empezar», se dijo. «Y llevan razón: hay que esforzarse por la gente que nos ha votado. No hay tarea nimia. Al lío».

Pasó el resto del día literalmente enterrado en papeleo. Martín, a quien la repentina muerte de su esposa había dejado con el ánimo inservible, pobre hombre, arrastraba un retraso considerable y montones de folios y carpetas se apalancaban a ambos lados de su mesa. Recitales flamencos, círculos de lectura, exposiciones pictóricas… Tanto por concretar, tanta gente por contactar. Había que empezar por alguna parte y se concentró en cerrar la participación de un famoso pintor en unas jornadas a celebrar en verano a beneficio de los afectados por la esclerosis múltiple. Diego Benavente atendió personalmente su llamada y, tras preguntarle por Martín, le dio su palabra de que asistiría y aceptó firmar el contrato que le había de enviar por correo electrónico.

No terminó de colgar el teléfono cuando ya tenía a Lupe inclinada sobre su mesa y mirando por encima de los cristales de las gafas el nombre que subrayaba repetidas veces en el papel con el marcador fluorescente.

—¿Benavente? —preguntó con aire ingenuo, como si no lo conociera todo el mundo.

—Así es. Me acaba de confirmar su asistencia a…

—No, Benavente no puede venir.

El tono autoritario de su interrupción empezó a enervar a Charlie sin esperar una explicación que no tardaría en llegar:

—Es un reaccionario de cuidado.

—Pero ¿qué dices? ¿Cuándo ha manifestado…?

—Es de la cuerda de ese programa de debates de la radio. Es tertuliano allí. No puede venir —insistió—. Busca alguien más… más de los nuestros.

No podía creer lo que oía. Sintió que el cuello de la camisa le oprimía por momentos y trató de desabrochar un botón.

—¿Quiénes son los nuestros, Lupe?

—No sé qué haces aquí si tengo que aclararte algo como eso.

Lupe se giró sobre sus tacones y echó a andar en dirección a su despacho. El aire esta vez olía a algo parecido al azufre.


Fue al final de su primer día de trabajo cuando Charlie se dio cuenta de que le faltaba el meñique de la mano izquierda. Lo notó justo en el momento en que se dirigía al despacho de su jefa para desearle buenas noches, cuando posó su mano sobre el picaporte y lo que pensó que era un efecto óptico causado por la luz de la luna llena que penetraba por la ventana, resultó ser un dedo de menos. Horrorizado, saltó hacia atrás para alejarse de la puerta y en su impetuoso movimiento derribó el depósito de agua mineral del que nadie bebía. Lupe salió alarmada por el estropicio, pero se paró en seco al verle y sus facciones se relajaron.

—Ah, eres tú, Carlos. Buenas noches. La limpiadora se ocupará de eso. Tú vete a casa.

—¡Dios mío, Lupe! ¡Mira mi mano! ¡Me falta un dedo!

—¿Qué tonterías dices? Tienes los cinco.

Charlie levantó la mano y la hizo girar junto a la ventana a la luz que bañaba una oficina ya casi en penumbra. Pulgar, índice, corazón, anular… y se acabó. El meñique se lo había comido uno de los lobitos.

—¡Cuatro! ¡Me falta el meñique, joder!

—Baja el tono, haz el favor. Y deja de decir estupideces. Te digo que tienes cinco dedos y punto. Así que vete a descansar y a ver si mañana estás más fresco y no tengo que echarte para atrás a más gente. Sé que es tu primer día, pero, chico, qué poquito ojo tienes. A ver si espabilas.

Tal y como hablaba se iba alejando hasta salir y dejarlo solo con su aparente delirio. Charlie intentó cerrar los ojos, volverlos a abrir, meter la mano bajo el grifo, chuparse los dedos… pero todo fue en vano. Mientras conducía hacia el piso en la Alameda que el partido había alquilado para evitarle un cansado viaje diario a su pueblo miró hasta cincuenta veces su mano izquierda. El meñique seguía faltando en todas ellas. Se acostó sin cenar y fue imposible conciliar el sueño. Se revolvía en la cama llevándose la mano a la boca, buscando con ahínco su dedo perdido. Empezó a pensar que se estaba volviendo loco. Cuando al fin se durmió solo pudo soñar oscuras pesadillas de las cuales no pudo recordar otra cosa que a Lupe, sosteniendo unas enormes tijeras de podar, regando de sangre su modesta mesa de melamina y riendo a carcajadas, con Martín mirando y aplaudiendo desde una esquina de la oficina.


A la mañana siguiente saludó a Lupe con la mano izquierda y negando con la cabeza.

—Veo que sigues en el mismo plan —dijo ella.

—Es que me sigue faltando un dedo.

—No vuelvas a decirlo. Ponte a trabajar y olvida eso de una puñetera vez.

Puede que tuviera razón. Aquella espantosa ilusión se desvanecería si ponía su cerebro a pensar en otra cosa. Agarró una de las carpetas del montón polvoriento y la abrió, desplegando el contenido sobre su mesa. No había restos de sangre allí, por otra parte. Lupe no le había cortado el meñique, aunque cabía la posibilidad de que la limpiadora fuese lo suficientemente hábil para haber hecho desaparecer los restos. Se golpeó con la mano en la frente: tenía que centrarse. Trabajar, trabajar y trabajar. Todo por los votantes. Solo así recuperaría su dedo.

El siguiente asunto que Martín había dejado pendiente tenía que ver con unos fondos que habían solicitado para ayudar a las víctimas de los desahucios. Al parecer, estaban a la espera de la confirmación del director de la sucursal de la Plaza de San Marcos, cuyo teléfono aparecía en la tarjeta grapada al primero de los folios. La voz que le contestó al otro lado parecía sorprendida de que él no fuese Martín y de nuevo tuvo que explicarlo. El director se mostró afable y todo parecía indicar que obtendrían el préstamo, hasta que oyó la frase:

—Pero tendréis que esperar; como ya os dije, no podemos concederos dos préstamos de tanta envergadura en tan poco tiempo.

—¿Dos préstamos?

—Así es. Ya lo hablamos el mes pasado con Martín.

—No lo entiendo.

—Es muy fácil: habéis decidido dar prioridad a la reunión con el círculo empresarial, esa a la que me habéis invitado, como todos los años.

Se refería a una comida de postín a la que acudían la flor y nata de los empresarios de la ciudad. Nunca había estado, pero había oído que corrían el alcohol y otras cositas hasta altas horas de la madrugada.

—¿Y qué tiene que ver? ¿Es que te piden un crédito para sufragar esa comida?

El director se echó a reír y Charlie estuvo a punto de dejar caer el teléfono.

—¿Comida? Venga, hombre. ¿Nunca te han contado? Reservan un hotel entero. Y eso hay que pagarlo. Por no hablar de ciertas señoritas de compañía que no cobran en billetes del Monopoly precisamente.

Charlie supo que no podría reprimir mucho más las ganas de vomitar que le acuciaban. Apenas tuvo tiempo de despedirse con cortesía impostada y salir corriendo al baño para arrodillarse frente al váter, haciendo esfuerzos por contener el desayuno dentro del estómago. El sudor le empapaba la frente y veía borroso, por eso le costó un poco caer en la cuenta de que ya no le faltaba el meñique, sino todo el brazo izquierdo. Se puso de pie como buenamente pudo y se apoyó sobre el lavabo, mirando su cara desencajada en el espejo. Entre la palidez de su reflejo y su figura, ahora desprovista de uno de sus miembros, distinguió a Lupe apoyada en el marco de la puerta del servicio.

—¿Qué te pasa ahora, Carlos? Tienes mala cara.

Sintió que una furia asesina se apoderaba de él. Charlie se volvió y se puso frente a ella, desafiante, dispuesto a aclarar todo aquello por fin.

—¿Es que no lo ves, maldita arpía? ¡Ahora me falta todo el brazo!

—Voy a pasar por alto ese insulto porque creo que estás muy alterado. ¿Qué te han dicho en el banco?

—¡Me importa una mierda el banco!

—Mira, tú no estás bien. Vete a casa, tómate el resto del día libre y mañana hablamos.

Tal vez le estuviesen drogando. Esa Lupe era capaz de verter alguna sustancia en el agua que bebía y por eso sufría aquellas alucinaciones espantosas.

—¿Que yo no estoy bien? El director del banco me acaba de insinuar que anteponéis una juerga con los empresarios a ayudar a las víctimas de los desahucios de, entre otros, ese mismo banco. Voy a parar la concesión de ese préstamo aunque sea lo último que haga.

—Ah, no. Eso no puede hacerse, Carlos.

—¿Quién lo dice?

—Lo dice el partido.

—¿Y qué es el partido? ¡El partido somos nosotros! ¡Las personas que lo conformamos! No es algo etéreo, son personas como tú y como yo. Habrá alguien que pueda impedir lo del crédito.

—Es más complicado que eso. Vamos, vete a casa y mañana lo verás de otra manera.

Lo tomó del brazo que le quedaba. Charlie se soltó y salió del baño y de la oficina caminando con dificultad, pues parecía no ser capaz de guardar el equilibrio, no sabía si a causa de la droga o de su nueva condición. Tomó un taxi, porque una cosa era conducir sin meñique y otra hacerlo solo con la mano derecha. Así no podía cambiar las marchas. Y un coche automático era un lujo que ni su bolsillo ni sus ideas estaban dispuestos a consentir.


Más de tres meses después, una mañana lluviosa de abril, alguien llevó a Charlie hasta su mesa. Lo portaban entre dos personas, que sostenían un cojín acolchado con lo que quedaba de él. No sabía sus nombres y, desde luego, poco le importaba ya. Depositaron la cabeza sobre el aglomerado y se retiraron a sus quehaceres. Lupe le miraba con su sonrisa habitual. Ya no llevaba gafas, se había operado la miopía a cargo de las cuentas del erario el mes pasado.

—Hola, Carlos —saludó más amable que de costumbre—. Te veo muy bien hoy. ¿Te has hecho algo en el pelo? ¿No te habrás ido a esa clínica capilar como hizo el presi, eh, pillín?

Trató de hablar y solo pudo balbucear algo parecido a un «no».

—Mira, hoy es importante que estés lúcido. Va a venir Ramiro a supervisar lo de los cursos de formación con fondos europeos. Tenemos que revisar las cuentas al dedillo para que no se note lo que tú y yo sabemos.

«Claro. El diez por ciento que vamos a escamotear», pensó. «¿Qué más dará otro chanchullo más? Una vez se empieza ya no es posible parar».

—Veo que lo entiendes —respondió Lupe, como si leyera su mente—. Hijo, ya era hora. Qué trabajito te ha costado hacerte con el puesto. Pero bueno, dicen que nunca es tarde si la dicha es buena. Venga, ponte con eso ahora mismo.

Cuando Lupe se fue de vuelta a su despacho, Charlie quiso coger el dosier, pero ya no tenía manos. Ni brazos, piernas o tronco. De la integridad de su cuerpo nada quedaba aparte de su cabeza y esta empezaba a disolverse, fundiéndose con el aglomerado de su mesa, sin que a nadie pareciera importarle lo más mínimo. Ni siquiera a él, porque ya no se reconocía. Poco a poco, el partido se fue quedando con su barbilla, su nariz, sus ojos y cejas, igual que lo había hecho con el resto. El flequillo peinado hacia la derecha no duró mucho más. Se desvaneció junto con el recuerdo ya lejano de la noche de enero en que los suyos ganaron las elecciones.

A los cien días, cien justos, Charlie desapareció, esfumándose en el aire y dejando tras de sí un aroma mezcla de canela y azufre.

Imagen de cabecera de Gerd Altmann en Pixabay.

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Autor
Enrique Bravo
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Enrique Bravo

Enfermero de Urgencias que escribe de vez en cuando