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Sobre mí

Enrique Bravo González (Sevilla, noviembre de 1976) es Graduado en Enfermería por la Universidad de su ciudad natal y ejerce su actividad profesional en el campo de las Urgencias y Emergencias hospitalarias en la capital andaluza. Y hasta aquí el referirme a mí mismo en tercera persona; me hace sentir ridículo.

Estudié la EGB (sí, soy mayor), en la Academia Politécnica Sevillana de Doña Adelina Gómez-Cobián Navarro, a quien Dios tenga en su gloria. Don Juan, a base de insistir en que nos leyéramos El Quijote y en que aprendiéramos a construir frases con sujeto, verbo y predicado, complementos directos e indirectos, y circunstanciales de lugar, modo y demás, se empeñó en enseñarnos a escribir. Luego cursé la secundaria (el BUP y el COU, para que me entiendan los de mi quinta) en el Instituto Macarena.

Cuando aún era muy chico, como se dice por estos lares, descubrí que me encantaba inventar historias. Podía convertir cualquier experiencia mundana, ya fuese una excursión en familia o la celebración de un cumpleaños en mi casa, en algo extraordinario con solo ponerme a garabatear en un cuaderno, y eso era algo que no tenía precio. Ni lo tiene hoy en día. No conservo, para mi desgracia, ni una sola de aquellas historias que leía a dos o tres amigos cercanos con más vergüenza que otra cosa. Solo recuerdo que todas tenían títulos de pelis de aventuras de video comunitario, como En busca de la cobra de oro o Los cinco de Centauri.

Creo que esa afición por escribir nació gracias a que mis padres me inculcaron el amor por la lectura. Desde que mi abuelo Rafael me enseñara a leer con tres añitos tomé la costumbre de devorar libros. Entonces es que no había tabletas, móviles ni demás cacharros. Y no te ibas a ir a jugar al fútbol a la plaza de San Diego en verano a las cuatro de la tarde si en algo apreciabas tu vida. Así que me hacía acompañar por Julio Verne, Agatha Christie o Sir Arthur Conan Doyle y santas pascuas. Cuando fui un poco más mayor alimenté mi afición a leer con el añadido de los cómics, que entonces los llamábamos tebeos, en especial todos los del Universo Marvel y alguno que otro de DC. Entre las viñetas de artistas como Todd McFarlane (mi favorito), descubrí intrincados guiones y diálogos palpitantes de autores de la talla de Alan Moore o John Marc DeMatteis. Mis amigos y yo también hicimos nuestros pinitos con un cómic de fabricación casera, pero si algo me daba más vergüenza que leer mis cuentos era enseñar mis horrendos dibujos. Así que me dediqué a los guiones, donde era menos malo, y dejé los dibujos para los que sabían hacerlos. Todos salimos ganando.

Con el final de la adolescencia todo empezó a ir muy deprisa: la universidad, el trabajo, el matrimonio, la paternidad… Me apena reconocer que dejé mi vena literaria más que aparcada, pero así son las cosas. Llegó un momento en que parecía sentir que algo me faltaba. Por eso, en 2011, como ya tenía más años que una cancela y la vergüenza iba menguando (ahora ya ni os cuento lo poco que me queda de eso), me atreví a calmar mi mono de escribir y abrí un blog. Se llamaba como este, La sombra del helicóptero, solo que con el punto com (malditos indonesios, devolvedme mi dominio). Me dedicaba a escribir sobre el software libre, Linux (GNU, ya lo sé) y unos doscientos artículos sobre por qué quería dejar el sistema, el propio blog, o lo que fuese que estaba haciendo. Tela de cansino que era, la verdad. Pero por el camino ayudé a algunas personas, y eso me hizo sentir útil. La comunidad que se creó en torno al blog es lo que recuerdo con más cariño. Permanece abierto como reliquia en esta dirección, por si queréis echar un vistazo a lo que éramos.

En 2016 varios blogueros linuxeros que, lo creáis o no, por aquellos años abundaban, decidimos unir fuerzas para crear Colaboratorio, una página dedicada a la difusión de la tecnología y los programas con licencia GNU que le hubiera encantado a Don Richard Stallman. Nunca olvidaré a los compañeros, esas reuniones en remoto, esas discusiones constructivas (y de las otras) por Telegram… Fue un gran reto y me encantó participar. Colaboratorio sigue abierto, aunque publican poco.

Y termino ya, que esto está quedando largo. En diciembre de 2022, como resulta que ya había tenido un hijo y plantado un árbol, me entró la prisa por publicar mi primera novela, hasta que me di cuenta de que ya la había escrito: Diez días de abril (Amazon), cuyo borrador inicial había finalizado en 1994. Sí, habéis leído bien, mil novecientos noventa y cuatro. ¿Os he hablado ya de la vergüenza? En aquellos tiempos todavía tenía, así que guardé aquel tocho de más de trescientas páginas en formato A4 impreso con una matricial de agujas de la marca Epson en un cajón y llegué a olvidar que estaba allí. Si ya me daba cosilla leer cuentos cortos a los amiguetes, imaginaos darles una novela tan extensa. Pero en eso, entre otras muchas cosas, consiste escribir: en exponerte, en entregarte sin esperar nada concreto a cambio. Puede haber alabanzas, puede haber y habrá palos. Pero un libro no está completo hasta que alguien lo lee. Así que me lié la manta a la cabeza y decidí publicar la novela, retocando muy pocas cosas, pues me pudo más la idea de dejar que fuese mi voz adolescente la que contase una historia sobre adolescentes en lugar de mancillarla con la experiencia de adulto que, como el valor en la mili, se me presupone.

Con este espacio en la red espero recuperar el contacto con los lectores, que tanto he echado de menos. También confío en ir anunciando algún que otro lanzamiento (sigo dándole a las teclas a diario) y publicar algunos relatos cortos, género en el que no me he prodigado mucho pero que me encanta.

Aquí os espero, a la sombra del helicóptero. ¡Salud!

Enrique Bravo

Enfermero de Urgencias que escribe de vez en cuando